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ME LO CONTÓ MI ABUELO


José Francisco Flores Neira y Hortensia Del Carmen Arriagada Torres
José Francisco Flores Neira y Hortensia Del Carmen Arriagada Torres

Texto: Francisco Flores Olave (Cañete)

Mi abuelo Don José Francisco Flores Neira nació según, por el año 1888; en realidad nunca se supo su edad exacta porque como dijo alguna vez, tenía como 10 años y estaba cuidando unas ovejas cuando fueron a buscarlo, lo vistieron bien y lo llevaron a bautizarlo y toda la edad que tenía se la quitaron para “actualizar” el acontecimiento, así que nunca ni el mismo supo su edad correcta, cuando falleció en el año 1972, tenía unos 94-96 años de edad y no los 84 que decía su edad oficial en el carnet de identidad.

 

Decía entonces que mi abuelo nació y se crió en el fundo Eyheramendy en la localidad de Los Álamos, y luego llegó a Cañete como carrilano durante la construcción del tendido de la línea férrea para el ramal Los Sauces-Lebu.

 

Allí conoció y se enamoró de una jovencita de clase media de la época llamada Hortensia del Carmen Arriagada Torres con quién se instala a vivir en el sector del Barrio Leiva en el fundo de la familia Ríos –Morales.

 

Aproximadamente en el año 1944 se mudan al sector conocido como Puente El Carmen en el camino a Cayucupil al final de la calle Esmeralda. (Mi papá tenía entonces 12 años de edad por eso aseguro que aquello fue en el año mencionado, 1944).

 

No sé quienes eran los patrones de mi abuelo en aquel lugar, pero según mi papá allí mi abuelo hizo la barrabasadas más grandes o locas, según como las vea cada cual; pero no fue ni peor ni mejor que otros; vivió su época como cualquiera de aquellos tiempos, pasaba gran parte del día a caballo razón por la que se hizo experto en su dominio, según mi papá no se molestaba en abrir “las trancas” sino que tomaba distancia, agarraba vuelo y saltaba por encima, luego llegaba a la casa y se metía a la cocina haciendo que el caballo saltara en el rescoldo en donde cocinaba mi abuela.

 

Mi papá y mis tíos se metían debajo de las camas cuando lo sentían llegar por las noches.

 

Luego quedaba solo “rumiando” (como decía mi abuela) en la cocina y su entretención consistía en sacar balas a la pistola que cargaba y arrojarlas al fogón para que explotaran; dejó de hacerlo cuando una quedó, sin que se diera cuanta; en dirección a su cara y el plomazo pasó rozándole una oreja.

 

Una de las mejores anécdotas suyas que me contaba mi papá sucedió en una oportunidad que los carabineros lo sorprendieron borracho montado en su caballo dándole de comer en el césped de la Plaza De Armas; para poder llevarlo detenido quisieron bajarlo de la montura pero no pudieron, así que lo llevaron montado a la comisaría que estaba en aquellos años en una parcela al final de la calle Saavedra.

 

 

Avisada del hecho su hija mayor, mi tía Uberlinda; corre ella a la comisaría a pagar la multa y sacarlo de allí, y esperando encontrarlo en algún calabozo detenido no se sorprende cuando los carabineros la llevaron a las caballerizas donde lo tenían porque no pudieron bajarlo de su caballo, parecía que hombre y caballo eran una misma cosa.

 

En la década de los años ´50 a raíz de una farra y como ya los años dejaban su huella inexorable, cae de su caballo con tan mala fortuna que lo hace sobre unos alambres de púa oxidados que le ocasionan heridas de las que nunca se recuperó. Nadie sabía exactamente que le había ocurrido.

 

Muchos años más tarde cuando le comenté a mi  esposa esta situación me explicó que lo afectó el tétano.

 

Cuando ocurre el terremoto de mayo de 1960 y producto del derrumbe de la “puebla” que habitaban mis abuelos, arriendan y se mudan a una casa de un señor Martínez en la calle Luis Cruz Martínez frente al Cementerio Municipal, lugar desde donde gestiona su traslado a la naciente Población Nueva Santa Clara en la entrada norte de Cañete donde pasaría sus últimos 12 años de vida.

 

Allí vivía mi abuelo cuando un día me escucha contar a mi abuela una historia de unos duendes que leímos en el colegio; yo tenía como 11 años de edad.

 

Pasados unos día del cuento mi abuelo me dijo; Oye “Pincho Lulí” (así me nombraba y nunca supe por qué), te voy a contar algo que es verdad, no como el cuento tuyo”.

 

Sucede que por el año ´45 me tocó ir a dejar unas vaquillas más arriba de los despachos de Cayucupil, eran una docena; en aquellos años se llevaban de arreo, ahora las llevan en camión, me dijo; (nunca me quedó claro donde exactamente las tenía que llevar); de vuelta en “Los Despachos” (así se mencionaba el lugar donde había unos almacenes y unas cantinas en Cayucupil) me puse a tomar unos tragos porque me los merecía y además tenía mucha sed; ahí se me pasó el tiempo volando, cosa que monté mi caballo un poco tarde y me las “endilgué” pa´ Cañete.

 

La noche se me vino encima llegando a “L´agua Colorá” al pie del Avellanal, así que decidí dormir ahí mismo.

Desensillé el “pingo” le di un poco de agua y lo dejé que pastara un poco, hice un fogón pa´ que no me diera frío, arreglé la montura pa´ la cabeza, puse unas mantas y me eché a dormir un rato, con un par de horas que duerma estoy bien, me dije.

Estoy por quedarme dormido cuando siento unos ruidos cerca de mí, como que alguien caminaba por entre las hojas y el pasto seco, me pareció que eran mas de 2, tal vez 4 o 5.

Así que hice como que estaba dormido pa´ ver que pasaba; saqué la pistola que siempre cargaba y puse el dedo en el gatillo pa´ defenderme de lo que fuera.

De lo que fuera, já, casi me cagué de susto cuando salieron de los matorrales unos hombrecitos chicos de no mas de 60 centímetros, con barba y unos sombreros que parecían callampas hablando una jerigonza rara que no entendí; pero mierda –dije- no me asustan los grandes, menos me van a asustar los chicos, así que disparé un tiro al aire y salieron rajados arrancando por entre los avellanos y yo salí persiguiéndolos.

Pero después se me ocurrió que podía agarrar uno y llevarlo pa´ Cañete. Anduve como 200 metros por entre los matorrales con un lazo en la mano izquierda y la pistola en la derecha pero no pude alcanzarlos. Pero los escuchaba que hablaban entre ellos.

Años mas tarde conversando con otro baqueano amigo le conté esta situación y me dijo que él también los había visto por la misma parte. Así que, mi querido nieto, los duendes de su cuento existen porque yo los vi., y cerquita de aquí.

 

Ese fue el relato de mi abuelo.

Personalmente nunca pude comprobar si fue verídico a pesar de las muchas veces que pasé por el lugar camino a El Porvenir en los altos de Butamalal, donde vivía mi abuela Aída Olave Olave

Mi abuelo falleció a principios del año 1972 cuando yo tenía 14 años de edad, y nunca he olvidado los últimos momentos en que lo vi con vida tratando de decirme algo que no pude entender, pero su mirada era muy dulce.

Mi abuela Hortensia Del Carmen Arriagada Torres; “Doña Horta”, como el cariñosamente la llamaba, lo siguió 8 años mas tarde, a principios de 1980.

 

 




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Comentarios: 3
  • #1

    René (lunes, 05 diciembre 2016 05:40)

    Qué bonito, no hay como los recuerdos familiares. …llenan el corazón de riqueza.

  • #2

    Julio Cortes (lunes, 05 diciembre 2016 12:49)

    Preciosa historia, tuve la dicha de veranear en el campo, específicamente en el fundo El Llano cerca de Rosario. ahí se contaban muchas historias donde un tío era administrador hay mucha similitud de las historia de tu abuelo.. Con algunos personajes que conocí. En cuanto s los duendes una tía mía escuchaba siempre,aunque no lo veía, una vocesits que la llamaba... Le gritaba "toya...toya..toya quera comí le decían. Hasta que una patrona que tuvo que tenia una tienda en calle Franklin.. Le dijo que para que no la molestara mas lo agarrara a garabatos... Que le dijeron ... Lo elevo a garabatos y contó que lo escucho gritar cada vez más fuerte su nombre terminando en un alarido... Nunca nas lo escucho. Gracias por compartir tu relato.

  • #3

    Admin. (martes, 06 diciembre 2016 20:16)

    Gracias por sus comentarios. Seguiremos publicando más historias y vivencias campesinas.

    Saludos,