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EL ARTESANO DE CORRAL DE PIEDRA


                 Autor: Iván Parada Castillo


Dedicado a las almas duras

que conocí cuando pequeño,
mi taita, mi tío Heriberto

                 y mi tío Gustavo.

A los pies de la gran cordillera de los Andes, en medio de un valle que los escasos viajeros llamaron “vaho azul” existía un pueblo pequeño y sencillo, con menos de un centenar de chozas de madera y tejado de fonola, el viento y el frío endurecía la piel de sus habitantes En la cordillera no hay lugar para los débiles—. Decían orgullosos los hijos de Corral de Piedra.

 

 La gente se dedicaba en su mayoría a la ganadería y la agricultura, los  niños desde pequeños aprendían a manejar el arado de palo, a domesticar los caballos, a esquilar las ovejas, conocían las estaciones y los mejores momentos  para la siembra y la cosecha. Aquí la escuela aun no llegaba por ello el conocimiento se traspasaba  oralmente desde los maestros ancianos a los jóvenes arrieros, no se pasaba hambre nunca, menos faltaba el vino para el frío. 

Mi historia cuenta la vida de un hombre, muchos habían crecido, vivido y muerto pero él aun persistía, de manos toscas, piel endurecida, ojos apagados, se decía que era el mismo diablo ya que se  le calculaban tres vidas corridas, nadie lo conoció niño, ni tampoco lo veían dormir, era extraño, de nula conversación y jamás se sacaba su viejo gorro de copa, sólo sabían dos cosas de él; su nombre y su oficio.  

Don Sebastián era Artesano, el único a semanas a caballo, salía por meses con sus bueyes a buscar la mejor madera en la alta cordillera, sólo talaba los árboles necesarios y con la madurez ideal, cuando regresaba los vecinos se apilaban frente a su puerta para pedirle que fabricará camas, mesas, sillas, carretas, arados de palo, monturas, estribos, ventanas, cunas, roperos, canastos y todo lo  que se pueda hacer con madera. Él memorizaba cada encargo mientras  pulía y moldeaba madera, sólo respondía con un movimiento de cabeza sin dejar de trabajar. Algunos días después, cada persona iba a buscar sus encargos, les entregaba fabulosas sillas, mesas redondas y cuadradas, camas de tamaño y soporte personalizado para cada cliente, monturas y estribos con su nombre tallado, todo finamente pulido y decorado. Nadie se quejaba ya que sus muebles duraban  mucho tiempo, algunos comentaban que tenían parte de su alma en ellos. ¿Cómo se le pagaba? Como fuese posible, con harina tostada, con gallinas ponedoras o culecas, con decálitros de trigo o cuelgas de cebollas, con chanchos negros, overos o blancos, canastos con uvas o garrafas de salsa de tomate, todo era bienvenido y si no tenías para pagar podías devolver el favor en otro momento. Los pobladores retiraban sus muebles nuevos y podían en parte de pago traer sus muebles usados, él los reparaba y guardaba para otra temporada. 

Cada año era lo mismo, hasta que un día desde el norte llegó una caravana, nunca se había visto algo así en Corral de Piedra, una máquina que se movía sobre cuatro ruedas y echaba  humo en abundancia, algunos hombres de piel morena y extraños ropajes  manejaban carrunchos y carretas llenas de lata, fierro, acero y  sierras. 

La caravana se puso en el patio central del pueblo, un hombre bajó del extraño carro que se  movía sobre cuatro ruedas, vestía un elegante traje negro, una camisa muy blanca, sombrero de copa y un bigote que subía casi hasta chocarle con los ojos, era canoso muy  alto y extremadamente fino, sus zapatos alargados brillaban, a su lado un  hombre sostenía un extraño instrumento para  protegerlo del sol del mediodía.

- ¡Acérquense pobladores! Gritó—. Mi nombre es Mister Smith soy norte americano—. Su acento era muy extraño, la gente se aglomeró a su alrededor. 

- Vengo desde tierras inimaginablemente lejanas a traer un nuevo habitante, se llama  “progreso” y les ayudará a vivir de una manera más decente y cómoda

- La gente estaba maravillada.


- Montaré mi empresa aquí, fabricaremos muebles a gran escala, construiremos nuevas casas y venderé nuevos productos que traeré desde el norte; licores, dulces y cigarrillos.

- ¿Cómo pagaremos eso? - Preguntó un poblador.

 - Trabajarán en mi industria, si, así es y yo los alimentaré -. Contestó con un complicado español.

La gente estaba entusiasmada y todos concurrieron al llamado del progreso, en un par de semanas levantaron una gran industria, con calderas y mucho ruido. Todos trabajaban con Mister Smith, cada uno tenía una función, unos aserraban los árboles sin distinción, en este proceso todos los árboles servían, otros los trozaban y  limpiaban, otros los pulían, otros los atornillaban, otros les ponían los soportes de acero y así en algunos minutos tenían un mueble, que fabricaban en varias etapas sobre una línea de montaje. Al año de empresa habían talado todo el bosque alrededor de Corral de Piedra pero no importaba, hacia el sur había mucho bosque para cortar, ahora enviaban muebles para las lejanas capitales. Mister Smith les había construido casas de paneles, sujetas con  pernos de acero y techo de lata a casi toda la gente. Ya nadie trabajaba en el  campo, se acabaron las plantaciones y se comieron los animales domésticos; gallinas, cerdos, patos, ovejas.

- Nada importa Mister Smith nos dará alimento -. Decían los pobladores.

        El humo y el ensordecedor sonido de la industria hizo que los animales salvajes se marcharan, el riachuelo que recibía todos los desechos se secó, comenzó a endurecerse el valle y pronto  se convirtió en una llanura.

Diez años más tarde todo el bosque había desaparecido, ya no quedaba donde talar, Mister Smith decidió marcharse y se llevó todo con él, las casa prefabricadas, los muebles, las herramientas, el alimento, todo era  suyo.  La gente de Corral de Piedra se quedó con lo puesto, ya no tenían casa, no tenían animales, no sabían cultivar la tierra.

- ¿Qué haremos ahora?—. Se preguntaron consternados.

- ¿Recuerdan a Don Sebastián, El viejo  artesano? Él nos podrá ayudar.

- ¡Sí! ¡Vamos! ¡Vamos! 

Todos caminaron hacia su choza que estaba al extremo sur de lo  que quedaba de Corral de Piedra, al llegar vieron su casa, no había señales de que estuviera ahí, no sabían dónde podía haber ido el viejo e inmortal artesano. Buscaron por la casa y nada, solo encontraron algunos viejos muebles empolvados, al llegar al patio  trasero había  una cruz de madera enterrada en el pedregoso suelo y sobre ella un viejo gorro de copa. Todos se quedaron en silencio y algunas mujeres lloraron. Lo que no había matado ni el frío, ni la dureza del trabajo, ni el tiempo, lo mató la ingratitud de su gente. 

Los habitantes de Corral de Piedra se marcharon a las grandes capitales y la cruz de palo se quedó bajo el frio y la dureza de la alta cordillera

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